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Año: 1963
País: España
Producción: Naga Films (Madrid), Zebra Films (Roma)
Título original: El verdugo
Director: Luis García Berlanga
Guión: Luis García Berlanga, Rafael Azcona, Ennio Flaiano
Fotografía: Tonino Delli Colli
Música: Miguel Asisns Arbó
Intérpretes: Nino Manfredi, Emma Penella, José Isbert, José Luis López Vázquez

La filmografía de Luis García Berlanga está repleta de grandes películas entre las cuales es muy difícil elegir una sin que al cabo de un instante pienses que otra podría haber ocupado perfectamente su lugar. En su carrera sobresalen títulos tan míticos como Bienvenido Mr. Marshall, Calabuch, Plácido, Tamaño natural, La escopeta nacional, o La vaquilla.

El verdugo está considerada unánimemente por la crítica como una de las mejores películas de la historia del cine español, y es que desde su estreno el 17 de febrero de 1964 en los cines Pompeya, Palace, Gayarre, Vox y Rosales de Madrid, se convirtió inmediatamente en un clásico. En ella se nos relata la historia de un viejo verdugo (interpretado por el inmenso José Isbert) que está cerca de la jubilación, cuya única preocupación es su hija (la magnífica Emma Penella) que permanece soltera y con pocas espectativas de casarse, puesto que nadie quiere emparentarse con la hija de un verdugo. Un día el viejo conoce a un empleado de pompas fúnebres (Nino Manfredi) al que por su profesión le sucede algo parecido, entonces se lo presenta a su hija, se hacen novios y se casan. Para optar a una vivienda de protección oficial el verdugo convence a su yerno para que entre en el gremio, puesto que al retrasarse la concesión del piso, el jubilado ya no puede adjudicárselo, pero sí su yerno. El joven acepta la profesión convencido de que entre la escasez de penas de muerte y los indultos nunca tendrá que ejercer.

Así transcurre su vida hasta que un buen día cuando estaba toda la familia de vacaciones en las Cuevas del Drac lo reclaman para una ejecución. Al final de la película el joven verdugo es arrastrado hasta el patíbulo por un grupo de personas, mientras otro grupo acompaña al preso, y finalmente le da garrote. De regreso al barco después de la ejecución profundamente abatido afirma:"¡ No lo haré más, no lo haré más!", mientras el viejo verdugo, con su nieto en brazos, le musita con una voz quebrada y socarrona llena de sorna: "¡ Eso mismo dije yo la primera vez!".

En la película aparecen todas las constantes habituales en el cine de Berlanga, el patetismo, la ternura, el humor negro, la opresión, la cotidianidad, la tragicomedia. En ella el director describe perfectamente los tipos y costumbres sociales acercándose a ellos con cariño, lo que hace que sintamos afecto por el viejo verdugo y su familia, a pesar de lo terrible de su profesión y lo justifiquemos, porque "no deja de ser un individuo más que para obtener una mínima seguridad en su vida, entra en la rueda mortífera de una sociedad opresora y acomodaticia".

Berlanga en esta película no está solamente criticando la pena de muerte, sino que es la excusa utilizada para describirnos una sociedad que no ofrece ningún tipo de alternativa, en la que la única manera de sobrevivir es integrarse en el sistema. Todo esto lo consigue en un clima de comedia, ofreciéndonos secuencias antológicas como la del viejo verdugo explicando las técnicas de ejecución.

Al igual que en el resto de las obras del autor el personaje principal sufre una evolución a lo largo de la película, finalizando la misma siempre en una situación peor que la del comienzo (al inicio el joven es un simple enterrador, pero al final termina siendo el ejecutor de los futuros enterrados), otro de los aspectos característicos del director es que en los momentos en que los personajes viven el momento de mayor felicidad (secuencia en la que se encuentra toda la familia visitando las Cuevas del Drac), esta "se ve truncada por un hecho trágico que rompe totalmente la paz y la armonía".

Por último solamente destacar la exquisita estilización con la que está rodada esta magistral película, que nos ofrece la posibilidad de disfrutar de una de las más grandes interpretaciones de nuestro cine de la mano del inimitable José Isbert, que logra que el personaje escrito por Berlanga y Rafael Azcona (el guionista español por excelencia) sobrepase la pantalla para instalarse en nuestros corazones.

Valentín Barreiros