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OPEN RANGE

Dos sensaciones radicalmente opuestas produce el visionado de esta película. La primera trata de convencernos de que hemos visto un buen western, como los de antes, donde el dominio del ritmo por parte de su director (Kevin Costner) es muy ajustado   logrando que en ningún momento decaiga el interés del espectador. La trama, aunque bastante tópica (exaltación de los antiguos valores de la justicia, la fidelidad y la amistad entre compañeros de viaje, ante una sociedad en pleno cambio) resulta interesante, sobre todo por el tono crepuscular de la película, donde unos antihéroes logran la redención de viejos errores. Resaltan tanto los aciertos de guión como de realización en la parte que se nos muestran los desmitificadores aspectos más cotidianos del transcurrir  de los vaqueros, y por otro lado los oportunos toques de humor salpicados a lo largo del filme. En cuanto a las interpretaciones se encuentran todas muy ajustadas, mereciendo destacar las de los dos protagonistas Rovert Duvall y Kevin Costner.

En definitiva una película más que satisfactoria donde a lo mencionado anteriormente cabría resaltar el, magníficamente rodado, duelo final.

Todo lo dicho anteriormente, corresponde a las primeras dos horas de película, porque los últimos veinte minutos de la misma son los que consiguen que la otra sensación mencionada al principio, se apodere del espectador. Y todo ello por que el rumbo del filme deriva en un desafortunado pastel que poco tiene que ver con las dos primeras horas. El tratar conseguir una mezcla de épica y romance para el filme, se vuelve totalmente contra él, de forma que logra producir el deseo de que esos dos rollos del final fuesen eliminados, o mejor que nunca hubiesen sido rodados, porque tira por la borda todo lo anteriormente visto.

En definitiva, si para algo sirve esta película es para recuperar el respeto por el Kevin Costner realizador del que se había hecho merecedor con la magnífica “Bailando con lobos”, y también para mostrarnos la necesidad de un productor con criterio que frene los excesos del director.

 

 

Valentín Barreiros