|
MATAR A UN RUISEÑOR
Año:
1962
País: Estados Unidos
Producción: Alan J. Pakula, Universal
Título original: To Kill a Mockingbird
Director: Robert Mulligan
Guión: Horton Foote
Fotografía: Russell Harlan
Música: Elmer Bernstein
Intérpretes: Gregory Peck, Mary Badham, Phillip Alford, Robert
Duvall, John Megna, Ruth Wite, Paul Fix, Brock Peters, Frank Overton.
En una encuesta realizada por el
Instituto Americano de Cine para elegir a los mejores héroes
y villanos de su cinematografía, el personaje de Atticus Finch fue
reconocido como el mejor representante de los valores y virtudes
de una sociedad democrática, libre y de progreso. Para muchos, este
personaje supuso para Gregory Peck el mejor papel de su vida, logrando
el reconocimiento de la Academia, que le concedió el Oscar al mejor
actor protagonista por la magistral interpretación de un buen abogado,
comprensivo padre y comprometido ciudadano, que tenía el valor suficiente
para enfrentarse a los perjuicios raciales en un pequeño pueblo.
Matar a un ruiseñor está
basada en la novela de Harper Lee, To kill a mockingbird,
ganadora del Premio Pulitzer, de la que el guionista Horton Foote
realizó una excepcional adaptación. En la película además del ya
mencionado tema del racismo se habla también de otras muchas cosas,
como la honradez, el compromiso, la cobardía, el abuso sexual, las
falsas imputaciones, las apariencias, y sobre todo nos muestra el
despertar a la madurez de unos niños que comienzan a tomar conciencia
de lo que sucede a su alrededor.
Robert Mulligan es un director muy interesado
por el mundo de la adolescencia y por el estudio de los problemas
y descubrimientos que los niños van sufriendo en su camino hacia
la madurez, esto se refleja en otras películas suyas como La
rebelde, Verano del 42, El otro
y Verano en Louisiana, en las que en la mayoría la
acción se sitúa en pueblos del sur de Estados Unidos, aprovechando
de paso para hacer una interesante descripción del discurrir vital
de una sociedad opresiva, monótona y llena de convencionalismos.
Matar un ruiseñor, comienza
con el recuerdo de unos hechos acaecidos en un lugar y un tiempo
pasados, en esa etapa de la vida donde la realidad se mezcla con
la fantasía y las invocaciones están llenas de nostalgia, como señala
Eduardo Torres Dulce, “ofrece el fulgor evocador de un tiempo
ido (…), el final de la infancia de la narradora, y quizás de la
República Americana Liberal y confiada de los Padres Fundadores,
un retrato emocional de la vida en los secos tiempos de la Depresión
de los 30, una mirada a cómo fluye la vida día tras día, tan callando,
en un tranquilo, hipócrita y violento pueblo sureño”.
La película nos cuenta como el abogado
Atticus Finch se hace cargo de la defensa de un joven negro, acusado
de la violación de una chica blanca, provocando con ello la ira
de la mayoría de los vecinos, que no entienden cómo se puede defender
una persona que pertenece a una raza, que según su modo de pensar,
es inferior. En el filme se nos muestra el juicio, y es allí donde
los niños se dan cuenta de la honestidad y la admiración que despierta
su padre, siendo bellísimo el plano cuando después de recoger lentamente
todas sus pertenencias y con la parte baja de la sala ya desalojada,
aguardan los compañeros y amigos del defendido en el piso superior
a que abandone la sala, en señal de agradecimiento y respeto.
También se nos habla en la película
de las miserias humanas y de lo manejables que son las personas
cuando se agrupan dejándose llevar por sus instintos irracionales.
Pero quizás el otro gran tema del film es la apariencia, ya que
la persona que a simple vista puede parecer la más peligrosa del
pueblo, “el monstruoso vecino, el loco, el anormal”, es
“el que durante años ha amado, en silencio, con gestos inequívocos
a esos niños que le temían y se burlaban de él, (…) él les ha vigilado
y protegido, y en el momento supremo ha corrido en su ayuda”.
En cuanto a la realización, la película
posee una planificación y puesta en escena puramente clásica, dejándose
notar la gran influencia del maestro Ford en muchos de los momentos
del filme.
También cabe resaltar la gran banda
sonora del maestro Elmer Berstein, sin olvidarse de la magistral
fotografía en blanco y negro de Russell Harlan, consiguiendo una
atmósfera que nos transporta a un mundo de recuerdos infantiles,
en un pueblo construido y decorado por Henry Bumstead, Oliver Emert
y Alexander Golitzen (ganadores del Oscar a la dirección artística)
especialmente para esta filmación.
En definitiva, el resultado es una magnífica
película llena de emoción, optimismo y compromiso social.
Valentín Barreiros
|