| CANTO CASTRATO
Título: Canto Castrato
Autor: Carlos Aira
Editorial: Grupo Editorial Random House Mondadori S.L, 2003
Formato: 397 pgs.
“Me imaginaba, vagamente, que eran una especie propia, intermediaria entre lo masculino y lo femenino, seres nacidos del canto que a través de ellos se manifestaba, así como nosotros, los demás, procedemos del plasma de la vida. Y no es que tuvieran poca importancia sobre mi persona, o que me fueran indiferentes; más bien todo lo contrario. Yo misma me formé en su espejo: los veía todas las noches en el escenario, a esas soberbias mujeres-diosas, al lado de las cuales las sopranos mujeres, que con dificultad les llegaban a la cintura, eran pálidos simulacros. Y sus voces, sobre todo sus voces indescriptibles, que para mí representaban la esencia misma de la música, la música fuera de la música.”
COMENTARIO
El escritor argentino Carlos Aira recrea el momento histórico donde se produce un punto de inflexión entre el esplendor del Absolutismo monárquico y el augurio del desenlace del Antiguo Régimen. Comienza el fin de la época ambientada en el Rococó y sin embargo todavía triunfa la exaltación de lo superfluo. Tal ambigüedad tiene su reflejo en la elección del personaje principal: el Micchino, una figura contradictoria en sí misma. Se trata de un joven napolitano que, según la costumbre implantada durante siglos, es castrado para alcanzar la perfección vocal como cantante de ópera. Lo que en principio puede ser un obstáculo para su realización personal es precisamente la clave de su éxito profesional.
Al personaje central le rodea un aura enigmática desde el primer momento. Sus acompañantes son todos seres extraños con peculiaridades físicas que trascienden un interior incomprensible: los adolescentes castrati Donato, Lelio, y sobre todo Alessandro, el enano Pierre, la vieja Hildeeve, el fraile Esteban, se comportan como criaturas sobrenaturales alejadas de nuestro entendimiento. Las sorpresas son constantes para el lector porque difícilmente podemos seguir el discurrir de estas mentes reservadas.
Sobre todas ellas se erige el Micchino, como un ser supremo aislado del mundo real y diurno gracias a la sublimación adquirida a través de la música. El arte lo coloca en un nivel superior, como una especie de semidiós viviente sobre la tierra.
El autor envuelve la novela de una nebulosa críptica gracias a un estilo irregular, de frases barrocas, sinuosas, de constante dualidad en su contenido y teñidas con pinceladas de fantasía intrigante. Sin duda la forma más adecuada para plasmar el caos de un sueño inexplicable.
No obstante, la estructura del libro resulta evidente: se divide en cuatro partes (aunque la última apenas hay que tomarla en consideración) diferenciadas según el marco geográfico en el que se desarrollan. Es tal vez una reminiscencia de la división en actos de las óperas. Cada parte se corresponde no sólo con una ciudad (Nápoles, Viena, San Petersburgo, Roma) sino con un personaje en torno al que gira la trama y cuyo pensamiento centra el interés narrativo. Descubrimos así que el mundo representado en “Nápoles” es el mundo visto por Herr Klette, el mentor, descubridor y educador del el Micchino. La desaparición de este último del mundo del espectáculo es la razón que lleva a su mecenas a ir en su busca. Sin duda se trata de una excusa para intrigar al lector y promover su interés por el protagonista. De este modo, el Micchino se rodea de misterio mucho antes de su aparición física. Y ni siquiera en la segunda parte, “Viena”, donde el punto de vista del castrato nos dirige por la capital del imperio austríaco, deja su mente de ser un algo inaprensible, casi ininteligible. “San Petersburgo” recupera el género epistolar, tan habitual durante el siglo XVIII. Las misivas son escritas por Amanda y Lionello Venutti. La primera es hija de Herr Klette y se caracteriza por ser una muchacha de verborrea incontenible y pensamiento desordenado obsesionada con divorciarse de un marido excéntrico y casi demente. En contraposición y paralelamente, las cartas de Leonello Venutti, músico en ciernes, se construyen de un modo mucho más pragmático. Ambos relatan sucesos acaecidos al mismo tiempo pero con su particular y antitética visión.
Desde el cálido sur hasta la gélida Rusia asistimos a una especie de viaje hacia el infierno, con la vuelta final a la Ciudad Santa que, por otra parte, es el demonio particular de el Micchino. La anárquica Nápoles, la melómana Viena de María Teresa de Austria, la cruda San Petersburgo de la sucesora de Pedro el Grande y finalmente la estática Roma de Clemente XII son ciudades representativas de un status cuyo trasfondo político queda relegado, como no, a un juego de enigmas y jeroglíficos sin un propósito concreto. En definitiva, a nadie le importa el significado de los ambiguos mensajes que quieren transmitirse a través de la música. La política, tan prosaica, está muy por debajo de la imperecedera dimensión de lo musical. ¿O quizás existe algo más imperecedero? El final, todavía más extraño, parece sugerirlo: la ausencia de música como algo bello y pueril es el reencuentro con lo primitivo y eterno.
ESTRELLA CASARES |