| CARTAS
DE UN COMERCIANTE HECHO A SÍ MISMO
Título: Cartas de un comerciante y Graham
“el basilisco”.
Autor: George Horace Lorimer.
Traducción: Miguel Temprano García.
Editorial: Biblioteca Homo Legens, 2006.
Formato: 277 páginas, 22 centímetros.
Cartas
“Querido
Pierrepont:
Hoy deberías sentirte muy agradecido al tipo que inventó
las fracciones, pues aunque el montante de tus ventas del mes pasado
entra dentro de los límites, hizo falta recurrir a los decimales
para conseguirlo. Estás en el mismo trance que el muchacho
al que perseguía un toro: hay que felicitarte por haber llegado
el primero al árbol, y compadecerte porque un tipo subido
a un árbol, en mitad de un campo de quince hectáreas
y con un toro chasqueado por única compañía,
se encuentra en una situación verdaderamente comprometida.”
COMENTARIO
En un solo volumen se encuentran reunidas, “Letters form a
self-made Merchant to his son” (1902) y “Old Gorgon
Graham” (1904), las dos obras que dieron fama al que durante
años fue director del Saturday Evening Post. En realidad
no son auténticas cartas sino una creación dedicada
a otro self-made man. Publicadas por entregas, acabaron consiguiendo
un público fiel y finalmente fueron recopiladas en dos tomos.
Se trata de las pragmáticas enseñanzas que John Graham,
comerciante de enlatados de carne de cerdo, dirige a su hijo Pierrepont.
Sus frases han pasado a ser citas emblemáticas e imprescindibles
en el imaginario popular estadounidense.
Cierto es que empecé a leerlo con los prejuicios que conlleva
el enfrentarse a una obra de este calibre, muy reconocida en Estados
Unidos, equiparada incluso a La cabaña del tío
Tom en éxito comercial y utilizada como libro de
cabecera del industrial americano, casi siempre relacionado con
el tipo de burgués adocenado. En un principio despedía
un cierto tufillo a retrógrado pero como no quiero cometer
los mismos pecados de los intolerantes y perderme algo que revista
interés, decidí curiosear en las páginas de
un libro un tanto insólito.
El uso del género epistolar nos acerca indirectamente al
protagonista retratando la inconfundible personalidad de John Graham:
a veces un poco gruñón, siempre cumplidor, nada blando
pero no carente de bondad, recio aunque no totalmente inflexible,
brutalmente sincero con frecuencia y sobretodo irreductible. Representa
el hombre sencillo, tenaz, íntegro y capaz, práctico
pero no frío, popular, orgulloso pero cercano y por supuesto,
el paradigma del hombre americano hecho a sí mismo a través
de esfuerzo y tesón.
Lorimer siempre emplea la misma estructura ordenada y metódica
en las misivas supuestamente escritas por el personaje. El comienzo:
“Chicago, 10 de abril de 189…” y el final “Tu
padre que te quiere” encierran un sencillo esquema bien ensamblado:
- El autor comienza aludiendo a los hechos ocurridos y los resume
para poner al lector en antecedentes, casi siempre con cierta ironía.
Por ejemplo, nos enteramos de que a Graham lo han hecho abuelo de
esta forma: “Al viejo le han informado por cable de la llegada
de un posible socio y de que la madre, el hijo y el negocio están
todos bien”. Este acontecimiento ocurre iniciado el siglo
XX, hacia el final del libro. El anuncio de la llegada de un nieto
es por tanto el anuncio de un futuro prometedor.
- A continuación John Graham desgrana algunas lecciones teóricas,
siempre muy aleccionadoras.
- Con un relato a modo de parábola ejemplificadora, explica
sus razones. Siempre son ejemplos muy gráficos, y sobre todo
breves, didácticos e ilustrativos.
- Por último, hace un recordatorio de la lección con
su típico toque paternal.
La mayoría de los consejos sirven para cualquier comerciante
o negociante pero también para la vida diaria de cualquier
mortal. Los hay exclusivamente relacionados con su negocio:
“Un buen vendedor se compone de una parte de charla y de nueve
partes de buen juicio; y emplea las nueve partes de buen juicio
para saber cuando utilizar la parte de charla.”
Y también los hay relacionados con la experiencia humana
en general pero utilizando términos y símiles propios
de su negocio:
“Cuando te cuenten un chisme sobre alguien, es una buena costumbre
calcular una buena cantidad para restar la tara y luego comprobar
bien el peso.”
“Cuando un conservero ha aprendido todo lo que tiene que saber
sobre los cuadrúpedos, conoce tan sólo la octava parte
de su negocio, las otras siete octavas partes, y las más
importantes, tienen que ver con los bípedos.”
“Los hombres superiores no engañan en el peso y no
necesitan etiquetas de cuatro colores para anunciarse.”
Para este conservero el trabajo es fundamental y por ello no soporta
a los perezosos. Es un hombre de acción y utiliza las palabras
justas con sus clientes y asociados:
“Hay dos clases de insatisfechos en este mundo: el insatisfecho
que se pone manos a la obra y el insatisfecho que se limita a retorcerse
las manos. El primero consigue lo que desea, y el segundo pierde
lo que tiene.”
Y sus enseñanzas son verdaderamente esclarecedoras:
“La mejor manera de hacer enemigos en este mundo es darles
trabajo a los amigos.”
“No hay mejor remedio para la locura que darle a uno permiso
para hacer locuras. Y la única manera de demostrarle a alguien
el negocio equivocado es dejarle que lo intente.”
Por supuesto se trata de un hombre nacido en el siglo XIX y para
algunos temas mantiene la ideología decimonónica.
No está de acuerdo con la incorporación de la mujer
al trabajo pero esto nos demuestra la coherencia de sus valores.
Debemos reconocer aún así, que a veces no deja de
tener la sabiduría que nace de la experiencia: “Un
hombre que discute con una mujer nunca tiene razón, e incluso
si la tiene al principio, siempre acaba no teniéndola”.
Un hombre tan entregado al trabajo puede sorprendernos, sin embargo,
con un optimismo muy realista, No es un ser taciturno que olvida
los placeres de la vida: “Yo tengo por norma no aplazar la
felicidad hasta mañana. No aceptes nunca pagarés por
tu felicidad porque descubrirás que nunca llegan a pagarse,
sino que siempre se aplazan otros treinta días.”
Paralelamente al descubrimiento de esta firme personalidad, seguimos
también el recorrido vital de Pierrepont, un muchacho que
no siempre cumple con las expectativas de su padre pero que acaba
resolviendo bien su vida. Somos testigos de su entrada a la universidad,
pasando por el ascenso en el mercado laboral, hasta el matrimonio
y la paternidad.
Aunque parezca mentira, al mostrar lecciones imperecederas (me viene
a la memoria ejemplos tan antiguos como Los cuentos del
Conde Lucanor del Infante Don Juan Manuel) aplicadas a
los nuevos tiempos, cien años después puede incluso
resultar un soplo de aire fresco porque ¿acaso no siguen
vigentes muchas de estas enseñanzas?
Y como dice John Graham, el alter ego de George Horace Lorimer:
“Uno vale tanto como llegue a valer por sí mismo, pero
nadie vale nada sólo porque antes lo valiera su abuelo.”
OBSERVACIONES:
La
portada de esta edición mostraba un cuadro de Norman Rockwell.
Para variar yo he elegido otro del mismo autor. Es curioso pensar
que Rockwell siempre ha sido uno de los pintores más populares
de Estados Unidos, de igual forma que es popular esta obra literaria.
Sin embargo Rockwell siempre ha sido infravalorado por los críticos
debido a su excesivo empleo de lo que hoy llamamos “políticamente
correcto”. A veces tildado de ñoño o cursi por
estar alejado de las corrientes pictóricas más rompedoras
comparte con George H. Lorimer ese carácter burgués
que tanto asusta a los vanguardistas y que los convierte en blanco
del menosprecio a pesar de su valor intrínseco.
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