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EL PRIMO BASILIO

FICHA
Título:
El primo Basilio
Autor: José María de Eça de Queirós.
Editorial: Ediciones de Cultura Hispánica AGENCIA DE COOPERACIÓN INTERNACIONAL, Madrid, 1997
Formato: Colección Biblioteca Literaria Iberoamericana y Filipina: PORTUGAL; 526  pg.

Novela

“Sólo los comienzos son buenos. Hay entonces un delirio, un entusiasmo, un trocito de cielo. ¡Pero después!... ¿Sería, pues, necesario estar continuamente comenzando para poder sentir siempre?... Era lo que hacía Leopoldina. Y se le apareció entonces clara la explicación de aquella vida de Leopoldina, inconstante, echándose un amante, conservándole una semana, abandonándole como un limón exprimido¡y renovando así constantemente la flor de la sensación! Y con la lógica tortuosa de los amores ilegales, ¡su primer amante le hacía pensar vagamente en el segundo!”

COMENTARIO:

 A  pesar de ser vecinos geográficamente e incluso históricamente relacionados desde los tiempos de Viriato,  pocas veces los españoles volvemos la vista hacia Portugal, y en lo que al campo literario se refiere, no hacemos excepción (salvando casos como el de Saramago, unido de forma directa con España). Es por eso que olvidamos a  escritores que dejaron en el país lusitano una impronta semejante a la de un “Clarín” o un Galdós  en España. Este es el caso de Eça de Queirós, abanderado del Realismo y del  Naturalismo en Portugal.

Gran viajero y residente durante muchos años en Inglaterra debido a su cargo diplomático, Eça de Queirós es el contrapunto de Castelo Branco (escritor  fuertemente arraigado a su patria)  por el carácter cosmopolita de su obra, llena de sarcasmo hacia el adocenamiento burgués de las ciudades portuguesas. Pero en este libro en concreto, su visión crítica es del todo constructiva , dejando traslucir su verdadero sentir patriótico. Él mismo expresa esta intención es una carta dirigida a Teófilo Braga y que nos describe a la mayor parte de los personajes:

“En El primo Basilio se presenta, sobre todo, un pequeño cuadro doméstico sumamente familiar a quien conoce bien la burguesía de Lisboa: la señora sentimental, mal educada, nada espiritual (porque el Cristianismo ya no lo tiene; no sabe lo que es eso de sanción moral de la justicia), saturada de novelería, lírica, sobreexcitada temperamentalmente por la ociosidad y por el propio fin del matrimonio peninsular, que es generalmente  la lujuria, nerviosa por la falta de ejercicio y de disciplina moral; es la burguesita de la Baixa; por otro lado, el amante, un pillo, sin pasión ni disculpa a su tiranía, que lo que pretende es lograr la pequeña vanidad de una aventura y el amor gratis; por otro lado, la criada en secreta rebeldía contra su condición, ansiosa de desquite; por otro lado, la sociedad que rodea a estos personajes, el formalismo oficial (don Acacio), la beatería pequeña de temperamento irritado (doña Felicidad), la literatura mezquina y acéfala (Ernesto), el descontento agrio y el tedio profesional (Julián), y, a veces, cuando conviene, un pobre buen muchacho (Sebastián). Un grupo social, en Lisboa, se compone, con pequeñas modificaciones, de estos elementos dominantes.”

El personaje que da título a la obra (Basilio Brito) no es el verdadero protagonista, pero sé el eje central y el desencadenante de los hechos, que por otra parte, no son algo extraordinario en la sociedad decimonónica. Se recrea un adulterio que tiene su eco en otras obras contemporáneas, y su precedente en la famosa  Madame Bovary de Flaubert. Tras el cuadro principal que abarca sólo a unos pocos personajes dentro de una atmósfera cerrada y casi asfixiante, entrevemos el marco de una Lisboa provinciana, muy por detrás del resto de las capitales europeas.

Destaca principalmente la relación entre la criada, Justina, y Luisa, su joven señora, que mantienen un pulso gradual hasta llegar al clímax último. La  óptica de Queirós es objetiva con ambos personajes, pues ninguno de los dos carece de justificación para sus actos, y, asimismo, ninguno  ocupa una posición maniqueísta de buena o mala.

A pesar de la aparente densidad de un libro de más de 500 páginas, y aunque no se produzcan grandes acontencimientos, la lectura sobre la cotidianeidad  de la época (fue escrito hacia 1875) no resulta pesada, gracias a la fina ironía y la sobria mirada  de Queirós que envuelve toda la obra incluso en los momentos más aparentemente trágicos.