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LA CONJURA DE LA REINA
Título: La conjura de la reina
Autor: Leonardo de´ Medici.
Editorial: Ediciones Martínez Roca, S.A, 2004.
Traducción: Mónica Monteys.
Formato: 326 pgs, 24 cms.
Novela
“Se confeccionaron dos listas. En la primera, los nombres de los condenados, mientras que en la segunda, los de los indultados. Cada uno de los presentes sugería un nombre. La lista de los pobres desgraciados que serían sorprendidos aquella misma noche en su propia cama era larga. Los nombres eran extendidos en función de los motivos por los cuales debían estar en una lista y no en otra. Sería ella, la reina, quien tomaría la decisión final. Con su pluma, marcaría en la lista los nombres de los que quería salvar. Ella no tenía por qué dar explicaciones. Ésta era su decisión”.
COMENTARIO
Como no podemos escapar a la tiranía de los medios (especialmente la televisión y el cine) quizá la actitud más adecuada es enfrentar las corrientes que nos imponen y sacarles el mejor provecho. Ahora la moda es la vuelta a nuestro pasado histórico, el remoto ( Alatriste , Los Borgia ) y el reciente ( Gal) . Este boom historicista afecta a las librerías, sea a las publicaciones periódicas, como revistas o fascículos, sea a las novelas a nivel “best-seller”. Arrastrada por la saga familiar de los Borgia resurge en menor medida la de los Médicis. Pero, aunque su momento de esplendor coincidió durante el Renacimiento italiano, las semejanzas de ambas familias no es tanta como para hacerlas parejas. Los Borgia remiten a un tiempo y un espacio concretos (la Roma de Alejandro VI) mientras que los Médicis abarcan un período de varios siglos, con Florencia como patria chica pero con una influencia extraterritorial. Catalina de Médicis, reina de Francia durante casi cincuenta años es un verdadero ejemplo de la extensión del poderío Médici. Un personaje como el suyo, imponente y contradictorio, no está atado a modas y merece siempre una revisión.
Lucrecia Borgia, tratada injustamente por la Historia como envenenadora e intrigante, era un instrumento para llevar a cabo los fines de su familia. El verdadero genio incitador de las crueldades contra sus adversarios era el Papa Alejandro, su padre. Pero Catalina era el centro de la familia. No se puede saber a ciencia cierta si fue la instigadora de la matanza de la noche de San Bartolomé, pero sin lugar a dudas su mano movía los hilos del gobierno de Francia. Durante un largo período, -los tres reinados de sus hijos Luis XII, Carlos IX y Enrique III-, el cerebro que dirigía los designios de la nación francesa fue una madre loba, sobreprotectora de sus hijos. Unos hijos demasiado débiles física y mentalmente frente a una resuelta antecesora. Sin embargo, en su juventud nada pudo hacer contra la férula de Diana de Poitiers, la amante de su marido, una mujer mucho mayor y experimentada, que controló al sensual Enrique II hasta su muerte. La sed de venganza y de posesión pudo iniciarse en esa etapa, convirtiéndose entonces en la madre controladora que fue después. No todo es negativo en esta mujer. Como muchas otras congéneres históricas (Cleopatra, Leonor de Aquitania, la Princesa de Éboli, Lucrecia Borgia) y como la gran mayoría de los Médicis, hacía gala de una inteligencia aguda y un gran amor por el arte y la cultura. Quizá esto sólo provocó envidias y la incomprensión del género opuesto, envolviéndola en un halo de perversidad. La posteridad eclipsó en las citadas (mujeres hermosas, sugestivas e idealizadas) la importancia de su papel político o de mecenas del arte y la cultura. Pero Catalina carecía de una belleza legendaria que la redimiese y la convirtiera en figura romántica. De ese modo aparece ante la Historia como simplemente maquiavélica y hasta sanguinaria, ignorando que ante todo era una madre, una madre que codiciaba el poder para sus hijos, no para sí misma. Sin embargo, estos hijos se entregaban a los excesos y el vicio. Su finalidad maternal no es una justificación para su actuación pero sí una razón de su conducta. No la exime de culpabilidad pero hace comprensible que la supervivencia sobrepase a cualquier otro interés. Astuta gobernanta, conspiradora feroz, se atrajo pocas simpatías y muchos detractores pero poco podía hacer frente a un destino aciago y la debilidad física y moral de su prole.
Los designios de Francia, las riendas de su gobierno estaban en sus manos pero muchos olvidan los años de humillación sufridos durante la primera parte de su vida (casi 40 años) frente a la preeminencia de Diana de Poitiers, teniendo en cuenta además que Catalina amaba desesperadamente al rey. Huérfana desde su nacimiento, despreciada por un pueblo que la consideraba la “extranjera”, sin darle un vástago a su esposo durante diez años lo cual suponía perder su única función en la corte, supo mantenerse firme en su posición aunque sólo fuese secundaria. Contenida, reservada, comedida y correcta emergió como animal político tras su viudez, logrando así resarcirse de su anterior existencia gris. Su vida se dividió en dos etapas, del mismo modo que su personalidad, racional y apasionada, de espíritu práctico y a la vez seguidora fiel de la astrología.
Está claro que el mayor aliciente de esta obra reside en Catalina de Médicis. Otro atractivo es saber que el autor pertenece a la afamada familia. Pero debo reconocer que esperaba más de un descendiente de tan terrible gran dama. El arranque, con una Catalina moribunda recordando sus años pasados, promete más de lo que da. El estilo no es nada novedoso, incluso resulta muy poco fiel a la época. Se limita a ser correcto. Por otro lado, el principal hilo conductor de la trama, la historia ficticia y bastante convencional de Tinella, no ahonda profundamente en la psicología de los personajes. El juego de los flashbacks, el encadenamiento de acciones y paralelismos entre la intriga política y la vida de la joven, la cuenta atrás necesaria para poner en conocimiento al lector sobre la situación previa, son trucos muchas veces empleados para mantener la tensión. Midiendo las horas de la noche crucial, el 24 de agosto de 1572, llegamos a la matanza de los hugonotes la noche de San Bartolomé. Paradigma del fanatismo religioso, la intolerancia y el oportunismo en este luctuoso hecho vemos reflejadas muchos conflictos actuales y descubrimos que el hombre no ha cambiado tanto. Luego, con una estructura circular, volvemos al lecho de muerte de la soberana y nos queda la sensación de que aún queda mucho por saber sobre ella.
Eso sí, De´ Médici ha simplificado los hechos sin obviar los momentos importantes, un logro para poder entender los acontecimientos y acercarlos a los desconocedores del tema. Es un punto a favor porque de esta forma el libro adquiere la función de trampolín para otros libros más elaborados. Así, La conjura de la reina se convierte en una plataforma de investigación, provoca la curiosidad de conseguir información en otras obras más densas.
OBSERVACIONES
Otras obras sobre la misma temática:
-La reina Margot de Alejandro Dumas. Versión mucho más ligera e imaginativa como corresponde al estilo de Dumas. Trasladada al cine repetidas veces, la versión más conocida fue protagonizada por Isabelle Adjani y Daniel Auteuil hace más de diez años.
-Catalina de Médicis, una biografía de Leonie Frieda. Extenso (500 páginas) y exhaustivo es el más reciente (2006) estudio sobre la relevante figura de esta reina.
-Los Médici, nuestra historia - Lorenzo de Médici, repite su temática favorita dando un repaso a los Médicis más destacados.
-Diana de Poitiers y Catalina de Médicis: rivales por el amor de un rey del Renacimiento - Princesa Michael de Kent, escritora emparentada con la casa real británica que confirma la predilección de la nobleza por sus congéneres.
- La conjura de Eric Frattini, otra narración novelada sobre los Médicis. Esta vez la figura central es el insigne Lorenzo de Médicis.
ESTRELLA CASARES |