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LAS MANOS PEQUEÑAS
Título:
Las manos pequeñas.
Autor: Andrés Barba.
Editorial: Editorial Anagrama S.A., 2008.
Formato: 108 pgs, 22 cms.
Novela
“No sabemos quién fue la primera en verlo. Ni siquiera
si lo vimos realmente: la cicatriz de Marina. Teníamos que
defendernos de esa cicatriz que Marina no cubría. De pronto
nos veíamos ver, nos veíamos entre las cosas, entre
las demás, la veíamos a ella, veíamos su espalda,
la veíamos caminando, veíamos sus ojos, su cara como
una sensación indefinida de miedo.
No conocimos la tristeza hasta que conocimos la comparación.
Nacía de allí: como una brecha, de la cicatriz.”
COMENTARIO
Me ha resultado realmente difícil hacer una elección
del fragmento que ilustre adecuadamente este libro y no porque hayan
faltado ejemplos sobresalientes. Al contrario, la variedad de posibilidades
es infinita. Desde la primera frase hasta la última palabra
Andrés Barba ha construido un artificio literario que roza
la perfección. Pocos escritores logran dar vida a un nuevo
universo en el que el lector tiene que despojarse de su propia realidad
para poder internarse en él.
Andrés Barba explica al final del libro que su mayor inspiración
fue escuchar al afamado escritor cántabro Álvaro Pombo
leyendo apasionadamente un poema de Rainer Maria Rilke: Réquiem
a un niño. Efectivamente, esta pequeña elegía
dedicada al hijo de unos amigos comparte muchas semejanzas con Las
manos pequeñas. La primera de todas (y quizás
más novedosa en el caso de Rilke) es la utilización
de la primera persona. Sorprendentes son los versos en que el propio
fallecido habla desde su posición en lugar de ser llorado
por los vivos. Sentimos profundamente la sensación de abandono
que sufre el niño muerto en vez de la ausencia que experimentan
los que lo amaban. En Las manos pequeñas
nos encontramos también con el punto de vista infantil. Pero
Andrés Barba riza el rizo y acude a dos miradas contrapuestas:
la de la protagonista, Marina y la de sus compañeras de orfanato.
Éstas últimas forman un conjunto anónimo, sin
matices. Una sola personalidad inquebrantable que se define a través
de la primera persona del plural:
“En el zoo fue todo distinto. Todo comenzó en el zoo;
en el olor del zoo, en el nerviosismo con que nos bajamos del minibús.
Todo lo nuevo: el zoo. Todo lo violento: el zoo.”
Luego están los adultos, seres aparte que comparten espacio
con las niñas pero se sitúan en otra dimensión.
Ellos no pueden comprender la realidad que se desarrolla en sus
pequeñas mentes:
“Nos avergonzaron. Nos dijeron: “Mirad”.
Le dijeron: “Mirad lo que habéis hecho.”
El nombre de las cosas nos asustaba ¿Cómo puede suceder
que una cosa se encierre en un nombre y no salga ya nunca? Es que
todo parece más grande cuando se nombra…”
Contrariamente a lo que se pudiera pensar este no es un libro para
niños o sobre niños. El mundo descrito no bebe de
un ideario infantil, sino que se aproxima a una metáfora
de la raza humana. El enfrentamiento constante entre Marina y sus
compañeras nos remite a la imperturbable crueldad del hombre
¿Se produce la muerte de la inocencia, quizás? No,
simplemente advertimos que la hostilidad ante lo novedoso, la intolerancia
ante la diferencia, el abuso de la fortaleza sobre el débil,
todo ello es inherente al ser humano. Lo que en realidad se produce
es el esclarecimiento de que desde que nacemos esa agresividad es
inevitable. Por envidia o por impotencia, un grupo se siente amenazado
y su respuesta es la ira. Son dos bandos, distintos e iguales a
la vez. Por ello tampoco pueden evitar el acercamiento, mezcla de
atracción y aversión:
“Ella quería que esa mano se posara sobre ella. La
quería como un deseo imposible, como si esa mano fuese el
cielo mismo y ella ansiara que se desplomara sobre ella.”
Pero si algo me ha fascinado de Andrés Barba es su capacidad
para crear sensaciones. Este joven escritor revive el latido de
la realidad más intrínseca del ser humano desde dentro,
desde la profundidad del pensamiento. Las ideas se vuelven increíblemente
carnales. Los conceptos abstractos se materializan. La mente se
convierte en tangible. Triunfa la corporeidad del pensamiento gracias
a unas imágenes tan físicas como las sensaciones.
Por ejemplo, tras el accidente que trastoca su vida, Marina explica
así lo que siente:
“Y tras el sonido el silencio. No la ausencia de sonido, sino
el silencio. Un silencio que no era carencia ni una negación,
sino una forma positiva, y que volvía sólido lo que
hacía sólo apenas unos instantes había sido
elástico y ágil, el sabor metálico de la garganta,
la sed”.
Marina se relaciona con sus compañeras:
“Marina había arrojado la frase como una piedra a un
acantilado; ahora esperaba escuchar el sonido que le diera la medida
de su profundidad. Pero la piedra no tocó fondo, siguió
cayendo, en el vacío. La piedra había quedado suspendida.”
Y finalmente, Marina toma conciencia de su peculiar situación,
de su diferencia:
“Marina se empeña en tocar constantemente su descubrimiento,
como el recién nacido toca su cuerpo para reconocerlo ¿Y
si muy pronto ese descubrimiento fuese tan grande que Marina se
viera desbordada por él? Entonces sólo podría
imponerse a las niñas.”
Volviendo a las afinidades con el poema de Rilke, en el mismo destaca
una frase ciertamente misteriosa: “y estas manos apenas comenzadas
(und diese angefangenen Hände) ”. Quizás sea este
el punto de arranque para Las manos pequeñas.
El título sugiere además indefensión, la delicadeza
inofensiva que se atribuye habitualmente a la naturaleza infantil.
Está claro que nada más lejos de la realidad. Al menos
de esta realidad.
Aviso para navegantes: el texto de Andrés Barba necesita
más de una lectura para su comprensión pero que no
os inquiete sumergiros en estas procelosas aguas. Siempre se emerge
de ellas con algo nuevo para meditar.
OBSERVACIONES:
Aunque Las manos pequeñas sigue la línea
de El señor de las moscas de William Holding,
el libro de Andrés Barba me ha hecho recordar dos obras (y
no diré por qué, descubridlo por vosotros mismos):
la película de Chicho Ibáñez Serrador ¿Quién
puede matar a un niño?, y la novela de Patrick Süskind
El perfume.
ESTRELLA CASARES |