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LA VOZ DORMIDA
Título: La voz dormida
Autor: Dulce Chacón
Editorial: 2002 Santillana Ediciones Generales, S. L, Alfaguara.
Formato: 387 pgs, 23 cms.
Novela
“La primera vez que doña Celia fue al cementerio del Este, se repitió a sí misma que no volvería a hacerlo. Y fue llorando. Por Almudena lo hizo, porque doña Celia no tuvo la suerte de saber a tiempo que iban a fusilar a su hija. Ella no había podido darle sepultura, ni le había cerrado los ojos, ni le había lavado la cara para limpiarle la sangre antes de entregarla a la tierra. Almudena. Y por eso va todas las mañanas al cementerio del Este, y se esconde con su sobrina Isabel en un panteón hasta que dejan de oírse las descargas. Por eso corre después hacia los muertos, y corta con unas tijeras un trocito de tela de sus ropas y se los muestra a las mujeres que esperan en la puerta, las que han sabido a tiempo el día de sus muertos, para que algunas de ellas los reconozcan en aquellos retales pequeños, y entren al cementerio. Y puedan cerrarles los ojos. Y les laven la cara.”
COMENTARIO
Hace unos meses me regalaron este libro con la promesa de, una vez leído, comentarlo en esta página. “Otro más sobre la Guerra Civil”, pensé, con el agravante de que comentar libros con tal éxito de ventas no suele ser mi costumbre ya que tienen tirón por sí mismos o por la publicidad que conllevan. Pero una promesa es una promesa y además...tenía curiosidad por saber por qué un libro de estas características llega hasta la edición número 28 en menos de cuatro años.
A bote pronto, esta obra me recordó La colmena de Camilo José Cela-salvando las distancias, por supuesto. Me la recordó, es decir, me hizo pensar en ella, lo cual no implica que se asemeje en muchos aspectos. Ambas obras comparten un engranaje basado en la red entretejida por diferentes vidas marcadas por la Guerra Civil. Y hasta ahí su paralelismo pues La colmena recrea vidas marchitas y desesperanzadas. Al fin y al cabo Cela está escribiendo en un momento contemporáneo al de sus personajes. Podría decirse que todavía no se vislumbra una luz al final del túnel. En contraste, Dulce Chacón deja traslucir claramente que escribe desde la actualidad. A pesar del horror, se respira un hálito de esperanza en su novela. Mientras que en La colmena los personajes están totalmente alienados y casi animalizados, en La voz dormida no existe la soledad. Las personas se apoyan mutuamente y van emparejándose a raíz de su situación común. En un plano negativo, sí existe la misma sensación de silencio, de grito reprimido, que se reflejaba en la narrativa de posguerra tan caracterizada por el intimismo. El punto de vista interno de un personaje era a veces la única salida expresiva dentro de la situación sociopolítica del momento. Dulce Chacón recupera esta visión intimista de los hechos pero huye del pesimismo que exhalaban obras como Nada de Carmen Laforet. Son los primeros años de la posguerra, la herida todavía adolece en carne viva y no hay lugar para la compasión. Fuera de la cárcel también continúa el horror. Nadie escapa de ello porque ambos bandos conviven con la crueldad. Una breve incursión en la vida de la guerrilla, desde el otro lado de los barrotes, nos demuestra que no hay buenos y malos, cobardes y valientes, sino seres destrozados.
La imagen más simple perdura en la memoria. Las personalidades son trazadas levemente, semejan meramente coyunturales o circunstanciales. Sólo se revelan algunos rasgos físicos determinados: la coleta pelirroja de Elvira/Celia, los ojos azulísimos de Pepita, la tez cetrina de Tomasa; y de los psicológicos, aquellos más sobresalientes de su carácter: el arrojo y la rebeldía de Tomasa, la paciencia de Reme, la alegría de Hortensia, la valentía de Elvirita. En el caso de los hombres (Felipe/Mateo, Paulino/Jaime) parece importar básicamente su trayectoria vital o su relación con las mujeres protagonistas. El verdadero artífice de la historia es la exposición limpia de los hechos. A ello contribuye un estilo aparentemente sencillo pero que necesita una elaboración previa muy pausada, para así hacerse entender y conseguir enlazar todos los puntos comunes. Para el lector, la obra se desgrana con facilidad. Las frases son cortas pero reveladoras, y su repetición exhaustiva completa las elipsis o evasivas de algunos sucesos. Son muchos los cambios de puntos de vista, la declaración procede de varias voces, pero todas se amalgaman, todas son una misma voz, una voz declaradamente femenina. La constante variación de tiempos verbales agiliza la acción que no sólo se apoya en la narrativa simple sino que bucea en el interior de los personajes. Los diálogos breves y cortantes refuerzan la inmediatez e inciden en una acción dinámica. Las descripciones minuciosas son totalmente inexistentes. Los lugares se definen con escasos datos pero podemos reconstruirlos aun sin memoria de ellos. La tristeza impregna de tal forma la atmósfera que podemos palparla a través de las más mínimas referencias físicas. Por ejemplo, Madrid se reduce a un bosquejo, un boceto de una ciudad invernal, desangelada, como los árboles cuando están desprovistos de hojas. Pocos son los escenarios y el principal, la prisión de las Ventas, puede ser cualquier prisión de la época. Eso sí, guarda una paradoja: la cárcel de mujeres fue creada por Victoria Kent, Directora de Prisiones en la República y parlamentaria promotora de los derechos de la mujer junto a Clara Campoamor. La cárcel se creó para albergar a un número diez veces menor que el completado durante la posguerra.
La novela se distribuye en tres partes. Las dos primeras abarcan fundamentalmente la estancia en la prisión de las Ventas y su punto de inflexión es la ejecución de Hortensia. Este bloque es mi preferido porque luego se pierde cierto ritmo, cierta fuerza emocional, ya que la prisión une a todas estas almas perdidas y huérfanas por la Guerra. En el exterior, en el cerro, aparece el verano, el calor agobiante, y eso es quizás peor que el invierno porque se revela una sensación desagradablemente angustiosa: la de no ser libre a pesar de estar al aire libre. Al final de la obra, pasados ya los años, estalla la tormenta, una tormenta de verano, una lluvia liberadora de ese calor externo que ahoga las vidas incluso al salir de la cárcel. El clima es por tanto un referente del estado anímico de los personajes.
Algunos detalles aparentemente superfluos tienen su trascendencia, por ejemplo, el cambio de nombre. Implica cambio de identidad ante el mundo para poder protegerse pero también para renovar su futuro. Lo sufre incluso Pepita, una mujer alejada de toda implicación política. Modifica ligeramente su nombre para poder evitar que aluda a la muerte. Pepita aparentemente es la más frágil pero tiene una gran convicción y ansia por sobrevivir. En la espera también se materializa el valor. La larga y tensa espera tanto dentro como fuera de la cárcel es sinónimo de resistencia y supervivencia. En ello insiste constantemente Hortensia, firme símbolo de la esperanza aunque desde el inicio se nos anticipe su muerte. Su hija Tensi representa la continuidad ideológica y el convencimiento de que la muerte de su madre no ha sido del todo inútil. Ella hereda los cuadernos azules de Hortensia como hereda su convicción política. Pero esta lucha por la ideología no es óbice para ver la realidad cotidiana, lo absurdo que resulta dejar de lado a las personas por un ideal que muchas veces decepciona. Pepita representa esta parte de la humanidad que así lo cree, ella es el lado de la perspectiva algo pesimista pero realista, con los pies en la tierra, antítesis del pensamiento de su hermana Tensi.
Dulce Chacón, extremeña e izquierdista (como Tomasa, el personaje más dañado y menos amable, más pesimista y descreído), murió prematuramente en el 2003 debido a un cáncer. Poco antes, La voz dormida había disfrutado el privilegio de ser El Libro del Año 2002. La autora comentaba en una entrevista que había suavizado las atrocidades cometidas durante la contienda así como diluido la dura realidad de la posguerra para que el lector pudiera digerir lo escrito. Se documentó exhaustivamente en archivos pero sobre todo en testimonios directos, de palabra, aquellos que son más vivos por ser humanos. Porque lo que menos importa son los datos, las fechas, los nombres de las batallas. A través de las vidas de la gente común, sus pequeñas historias, sus dramas personales, se construye la Historia con mayúsculas. El lector se enfrenta directamente con el dolor, reconoce el dolor individual mucho más que el colectivo. Y no se trata del colectivo republicano, del bando vencido, sino de la Mujer vencida, del Ser Humano vencido ¿Es posible no sentir empatía con estos seres que duelen y cuyo sufrimiento se hace comprensible desde las entrañas?
Aquí termina mi cometido, pero no como una obligación sino como una promesa cumplida con mucho gusto, con interés, con fruición y aprendiendo algo fundamental: que la voz está dormida, ni muerta ni apagada, sólo dormida…
OBSERVACIONES
- En relación con esta obra, es interesante leer Trece Rosas Rojas de Carlos Fonseca, libro de estilo documentalista sobre los últimos días de vida de trece jóvenes fusiladas en el cementerio de La Almudena. Este hecho luctuoso marcó profundamente a las mujeres protagonistas de La voz dormida, de forma que su espíritu está presente a lo largo de toda la novela. Está próximo el estreno de la película del mismo título protagonizada por Pilar López de Ayala, Marta Etura y Verónica Sánchez, entre otras.
-Interesa también una revisión de la biografía de Antoñita Colomé, la gran estrella folklórica de los tiempos de la II República a quien Dulce Chacón introduce en su obra haciéndola protagonizar un momento gratamente cómico.
-Actualmente José Luis Cuerda rueda en nuestra ciudad Los girasoles ciegos, película basada en la novela homónima de Alberto Méndez, conjunto de cuentos sobre la Guerra Civil y la Posguerra, cuyo autor, militante comunista y colaborador de Pilar Miró, no pudo disfrutar del éxito de su única obra galardonada con el Premio Nacional de Narrativa 2005 once meses después de su muerte.
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