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GÉMINIS
(21/22 de Mayo-19/20 de Junio)
Símbolo: los gemelos Cástor y
Pólux.
Planeta regente: Mercurio.
Elemento: aire.
Características: tercer signo del Zodíaco, mutable, positivo/masculino.
Cualidad fundamental: la búsqueda del conocimiento.
Personalidad: inmaduro, inconstante, vulnerable, fantasioso,
curioso, indeciso, diplomático, narcisista, mantiene siempre un
aire juvenil, le gusta flirtear, nunca acaba lo que empieza y no
reconoce sus errores.
Personaje literario de este
signo: Federico García Lorca (1898-1936)
Nacido en Fuentevaqueros (Granada), fusilado en el inicio de la
Guerra Civil española, Lorca presenta la típica personalidad contradictoria
de los Géminis, el carácter dual de este signo que lo convierte
en una persona atractiva, alegre, despreocupada, algo infantil,
pero a la vez vulnerable, sensible y con una mente atormentada
por sus propios instintos. Sus obras son un fiel reflejo de esta
dualidad. Toca género cómico como trágico en el teatro ( La zapatera
prodigiosa, Yerma, Bodas de sangre, Títeres de cachiporra) y enriquece
su obra poética con elementos tanto populares como surrealistas
(Romancero gitano, Poeta en Nueva York).
ALTER EGO
Como cada mañana, después de levantarme,
mi primer acto de rito diurno es dirigirme hacia el espejo situato
frente a mi cama. Reconozco que lo hago por coquetería, para comprobar
si todavía permanecen en mí los atractivos del hombre apuesto que
siempre he sido. Pero no es esa la única razón. Durante años me
he acostumbrado a reencontrar los ojos que me miran al otro lado
del vidrio opaco. No, no es una metáfora para describir mi propia
imagen, pero a veces olvido explicarme con exactitud. Es tan habitual
para mí esta situación... bien, como iba diciendo, hace ya años
que me enfrento cada amanecer, en el justo intervalo entre la noche
y el día, con un rostro ajeno a mi persona, que emerge en mi propio
espejo. Este fenómeno se produce durante unos cortos segundos suficientes
para hacer reconocibles sus rasgos. No soy yo, pero se parece a
mí. O diría mejor, se parece a mi abuelo materno, aquel a quien
sólo conocí por una arrugada fotografía color sepia.
Si no recuerdo mal, la primera vez
que surgió ese extraño elemento ahora familar... creo que fue en
los comienzos de mi primer amor, aquella chiquilla pizpireta e
inocentona que me ayudó a practicar mis torpes artes de conquista.
Por entonces, la aparición de la imagen fue más fugaz que posteriormente
, pero me sorprendió de una manera atroz. No sólo por lo inesperado
sino porque un adolescente despreocupado no está acostumbrado a
ver su reflejo convertido en un vejestorio taciturno y tétrico.
Pasada la primera impresión, me habitué
a su advenimiento, al igual que me habitué a seguir perfeccionando
mis artes amatorias.
Si no me equivoco, el hombre del espejo
comenzó a adquirir una cierta suavidad en sus facciones, una tonalidad
brillante en la piel y hasta una ligera expresión de alegría cuando
empecé a cortejar a mi primera esposa. Ella no era una más, o así
lo creí yo en un principio. Me prendó su verde mirada, su rostro
anguloso y casi agresivo, su desenvoltura al andar. Decían que era
una mujer caprichosa e indomable pero... ¿quién puede sustraerse
al encanto de unos ojos felinos? Yo no, desde luego. Decían, decían...
¿no veían que así me sentía más impulsado a seguirlos?
Me casé con ella. La pasión se esfumó
pronto, pero era demasiado tarde. En aquellos tiempos no había otras
opciones. Otro gallo me cantaría si fuese joven hoy. En fin, que
nuestro matrimonio no fue muy feliz. Yo me refugié en nuevas conquistas,
y ella... intentó descargar su rabia sobre mí. No lo consiguió.
Aprendí a evitarla. Y finalmente ella me evitó a mí por completo,
es decir, me dejó viudo.
El hombre del espejo, ya limpio de
arrugas y marcas, había adquirido paradójicamente una actitud ceñuda.
No quisiera pensarlo, pero.. .¿es que necesariamente tenía algo
que ver con mi vida aquel cambio en su fisonomía? Lo cierto es que
el proceso se repitió durante mi segundo matrimonio, un poco más
afortunado que el anterior. Afortunado para ella, pues además de
no tener que abandonar este mundo para abandonarme a mí , no se
fue con las manos vacías.
Olvidemos esta parte de mi vida, demasiado
engorrosa. Ayer vi unos ojos negros, profundos como el abismo. Tras
el duelo por mi tercera esposa(otra de mis desafortunadas conquistas),
creo que es el momento idóneo para descubrir el misterio que se
encierra en ellos. Mis nietos, que han heredado la perspicacia,
además de los ojos verdes, de su abuela, me han sorprendido más
de una vez mirándome a hurtadillas en el espejo. Se ríen, y yo también
lo hago. Cuando se van, compruebo que la sonrisa que adorna al hombre
del otro lado no ha perdido un ápice de su picardía burlona. ¿O
debería decir de la mía?
ESTRELLA CASARES
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