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SAGITARIO
(23/24 de noviembre-20/21 de diciembre)
Símbolo: el centauro arquero
Planeta regente: Júpiter
Elemento: fuego
Características: noveno signo del Zodíaco,
mutable, positivo/masculino.
Cualidad fundamental: la abundancia infinita.
Personalidad: optimista, entusiasta, simpático y jovial,
hablador pero discreto, es tolerante, benevolente, justo, algo ingenuo,
desprendido y sobretodo demasiado franco ya que suele tener muy
poco tacto. La buena suerte y la autocrítica suelen subsanar
ese error. Le encanta viajar y odia pedir ayuda a los demás.
Personaje literario de este signo: Naguib Mahfuz (n.1911)
Naguib Mahfuz nació en El Cairo donde todavía vive
sobrepasando ya los noventa años. Su longevidad manifiesta
la visión optimista de su carácter alegre aunque no
superficial. Su aparente serenidad no ha sido obstáculo para
implicarle políticamente. Mantuvo siempre una clara oposición
hacia Nasser, y la Guerra de los Seis Días, con la consiguiente
derrota ante Israel en junio de 1967, lo marcó profundamente.
Fascinado por la filosofía, recibió sin embargo el
Premio Nobel de Literatura en 1988. Desde 1955 a 1971 fue asesor
literario y cinematográfico del Ministerio de las Artes en
Egipto. Su interés por el cine se refleja en su labor como
guionista, además de las muchas películas que se han
hecho basadas en su obra. Sufrió un intento de asesinato
pero nada ha podido con el símbolo del Egipto contemporáneo,
un anciano que gusta del pequeño placer de la conversación
mientras fuma su narguilé.
Obras: La azucarera, Radopis, La batalla de Tebas, El ladrón
y los perros, Miramar, Festejos de boda, Las codornices y el otoño.
LA SABIDURÍA DEL BUFÓN
Piccolo Nicolo carecía del fino ingenio y la elocuencia de
sus predecesores pero sabía suplir todos sus inconvenientes
con la mejor cualidad que puede concedérsele al ser humano:
la suerte. En Piccolo Nicolo se cumplía a rajatabla el dicho
de que más vale caer en gracia que ser gracioso. Aunque a
primera vista su rostro rubicundo y su cuerpo contrahecho podían
desmentir a la sabiduría popular.
Pero no había sido así. Incluso su físico desventajado
lo aprovisionaba del sustento diario desde que la princesa Guendalina,
en uno de sus ataques de niña mimada, lo había descubierto
en la cocina de palacio. Enfurecida como estaba por no conseguir
uno de sus caprichos, llevó su principesca pataleta hasta
las honduras de los fogones donde Piccolo Nicolo arrastraba su humanidad.
¡Qué divertido resultó aquel enano desmañado
que, con torpe elasticidad de medio hombre-goma saltarín
y rebotante, intentaba infructuosamente ayudar al resto de los criados!
Lo adoptó como mascota, le impuso un sonoro nombre (bautizando
por primera vez al innominado muchacho), lo vistió de brocados
y oropeles en miniatura y lo elevó a la categoría
de Su Majestad el Bufón del Reino, predilecto de la predilecta
del Rey.
Y ese estado privilegiado, sorprendentemente (teniendo en cuenta
el voluble carácter de Guendalina) se mantuvo por muchos
años. Nada resultaba más gratificante para la hija
del Rey que disfrutar de las fantochadas mal pergeñadas de
su saco de risa particular. Además el carácter afable
y campechano del bufón le ayudaba a sobrellevar con paciencia
las extravagancias y crueldades de la jovencita. Y cuando la tristeza
o el aburrimiento atrapaba a la muchacha, Piccolo Nicolo le contaba
historias de países lejanos visitados sólo con la
imaginación. Era la misma forma con la que el enano aliviaba
sus propios dolores.
En estas estaban cuando a la princesa, ya mujer, le llegó
la hora de cumplir con su exclusivo destino, esto es, escoger marido
, aceptable y conveniente para todos y especialmente para ella,
como no. Muchos fueron los pretendientes, muchos los rechazados.
Al fin , y como era de esperar, el palacio recibió la visita
del que parecía el candidato ideal: Sir Alesbán de
Wolftang. Era éste un caballero andante, que tras abandonar
su próspero reino en manos de su madre, se había lanzado
a aventuras y correrías que calmasen su fogosa y veleidosa
personalidad. Ahora pretendía tomar estado, aposentando cabeza
, armadura y cuerpo.
Guendalina quedó deslumbrada ante la inusual gallardía
de Sir Alesbán, y más aún ante su fama de conquistador
de recónditos territorios. No se trataba de ninguno de los
lechuguinos que acostumbraban a cortejarla. Y aunque uno de los
defectos del caballero estaba bien visible en su rostro, pues había
perdido el ojo derecho en uno de sus famosos combates, a la muchacha
más le parecía un adorno.
Decidida a ser ella la conquistadora, le recibió en sus propios
aposentos acompañada de sus damas , ayudas de cámara
y Su Majestad el Bufón de el Reino. Piccolo Nicolo se apoyaba
en el escabel donde su ama descansaba su pequeño pie.
-Señora, gran honor es para mí el poder entrar en
las habitaciones de una diosa. Yo, al fin y al cabo, aunque de sangre
real, sólo soy un humilde caballero-comenzó hablando
Sir Alesbán.
La princesa respondió a la galantería como buenamente
pudo:
-En absoluto, señor, vuestro valor os engrandece. Mucha fama
habéis alcanzado como desfacedor de entuertos.
Al oír esta última palabra, el caballero recordó
el defecto que le acomplejaba y se ruborizó. Piccolo Nicolo,
apercibido de ello, intentó quitarle hierro:
-Sir Alesbán, vos sois más que un caballero, pues
aquí todos somos vuestros súbditos. Pequeños
somos antes vuestros méritos. Ya lo dice el refrán,
en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.
Guendalina, enrojecida, golpeó con el pie al enano.
-Discúlpate, sabandija.
-Perdonadme, señor, todo lo hago a tuertas.
Furibunda, la princesa arrojó contra el bufón una
de sus reales zapatillas, acompañada de una sarta de golpes
y de improperios tales como "zafio, pelón, aborto de
la naturaleza" y otras malsonancias que no acostumbran a mencionarse
en los cuentos. Ni que decir tiene que el valeroso caballero se
volvió cobarde ante la revelación de aquella arpía
, recogió sus bártulos y volvió por el camino
que le había traído.
No tardó el pequeño bufón en seguir la estela
del séquito de Sir Alesbán de Wolftang. Esta vez Guendalina
no perdonó el desliz de su compañero de infancia.
Solo, pobre y abandonado se topó al huido caballero. Divertido
al ver las trazas del pequeño hombre, Sir Alesbán,
de buen humor , le preguntó:
-Bufón, ¿adónde os dirigís?
-Mi nombre es Piccolo Nicolo y ya no soy bufón, señor.
-Por lo que veo vuestra ama tiene tan mal carácter como aparentaba.
-No podría decir nada contra ella, señor, pero tampoco
negar vuestras palabras.
-Me gusta tu sinceridad. Y a decir verdad, que de buena me ha salvado.
No voy a dejar de disfrutar de mi libertad para encadenarme a una
histérica caprichosa. Su fama la precedía, pero me
habéis ayudado a comprobarlo. Aún tengo mucho camino
que recorrer y muchos lugares que descubrir. ¿Queréis
acompañarme?
-Como no, señor.
Y comenzó así el nuevo destino de Piccolo Nicolo,
hacia un horizonte de peripecias y viajes, acompañado, eso
sí, de la suerte con la que había nacido.
ESTRELLA CASARES
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