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TAURO (19/20 de abril-20/21 de mayo)
Símbolo:
el toro, el Minotauro.
Planeta regente: Venus
Elemento: tierra.
Características: segundo signo del Zodíaco, fijo, negativo/femenino.
Cualidad fundamental: la fuerza
Personalidad: constante, paciente, con gran fuerza de voluntad,
perseverante, prudente, noble, sensual, poco intelectual, testarudo,
lento, perezoso , poco amante de los cambios y demasiado materialista.
Personaje literario de este signo: William
Shakespeare (1564-1616)
Inglés nacido en Strarford –upon- Avon, viajó
a Londres, donde demostró su valía como poeta, pero sobre todo en
el campo de la dramaturgia. La perseverancia y fortaleza con que
llevó a cabo su trabajo, comenzando como un simple actor y traspunte
hasta convertirse en autor y empresario teatral da razón de su
personalidad como tauro. Lento pero seguro, aún hoy en día es el
dramaturgo para célebre de la cultura occidental.
Obras: Romeo y Julieta, Otelo, Hamlet, El rey
Lear, Macbeth, Las alegres comadres de Windsor, El sueño de una
noche de verano, etc..
TOMÁS
Más allá de
mis recuerdos tengo impreso el olor, el tacto, la atmósfera envolvente
del abrazo de mi hermano. Nunca fue un abrazo tierno o intenso.
A veces apenas se limitaba a la leve sombra de su mano tras mi espalda,
pero la seguridad de la tierra bajo los pies , se intuía en aquel
gesto.
Me gustaba verle trabajar en el despacho
de nuestro padre cuando éste, debido al peso de los años, había
decidido ir traspasándole su otro gran peso: el negocio familiar.
El negocio familiar... la gran tradición afincada en la antiquísima
tahona de mi bisabuelo. Primero había sido una simple panadería
artesanal sin más puntos de venta que los pueblos de los alrededores.
Luego , en tiempos de crisis para otros, había tenido la suerte
de ampliar su clientela hasta alcanzar el carácter de “pequeño
imperio empresarial” en el que habíamos nacido mi hermano Tomás
y yo.
A mí me disgustaba el calor infernal de
la tahona, pero para Tomás no existía mejor espacio de recreo que
aquél donde, ayudando a amasar el pan, se regodeaba sumergiendo
las manos en la untuosa masa. Pocas veces le veía yo tan relajado
en el placer de la conversación o en el trato con la gente como
cuando se rodeaba de los demás trabajadores e intercambiaba opiniones
sobre el producto sin dejar de saborear a través de la piel el tacto
de la masa informe. Era entonces cuando se traslucía un brillo especial
en sus ojos, y se soltaba, alejado de su acostumbrado laconismo,
para dejar paso a un torrente inhabitual de palabras.
Dentro de ese disfrute exclusivo experimentaba
una especie de goce supremo cada vez que, sin ser una tarea obligatoria,
Tomás se dedicaba a supervisar la especialidad de nuestra casa:
los bollos sin sal. Era una época en la que este tipo de repostería
apenas tenía salida en el mercado, pero para nosotros la receta
pervivía desde tiempos inmemoriales y nadie, especialmente mi hermano,
pensaba abandonarla por algo más productivo.
La receta había sido-supuestamente- patentada
por nuestro abuelo, y nunca habíamos llegado a saber cual era el
motivo de su creación.
-Por algo sería- decía Tomás, fervientemente
convencido de que una tradición tan tangible tiene siempre su
razón de ser.
Y llegó el terrible día (terrible para
mi hermano, según yo creía) en que se descubrió el gran secreto
de los panecillos incomerciables pero inherentes a nuestra familia.
En una de esas conversaciones intrascendentes con un viejo amigo
de nuestro abuelo, salió a relucir la timidez que desconocíamos
sus nietos pero que había sido característica suya durante sus años
de juventud.
-Vuestro abuelo era muy tímido.
Parece imposible que llegara a desenvolverse tan bien en el mundo
de los negocios. Recuerdo que una temporada evitó ir a comprar la
sal a granel que necesitaba su padre para no encontrarse con la
dependienta. Estaba muy enamorado de ella y no se atrevía ni a acercarse
por allí. Dios mío la de broncas y palizas que se llevó por eso.
Pero prefería sufrir lo que fuera antes que presentarse por allí.
Menos mal que , como casi todo, se le pasó con los años.
Mientras escuchaba estaba palabras, yo
observaba a mi hermano sin sonrojarse, manteniendo su rostro inalterable,
cosa que aparentemente conseguía sin problemas. Pero yo no puede
evitar susurrarle al oído:
-Quien lo iba a decir, es un absurdo,
¿no crees, Tomás?
-No, no lo es. Es una razón.
Su respuesta sonó firme, como la fuerza
inagotable que lo llenaba por dentro, y así aferrado a nuestra invulnerable
tradición , siguió fabricando los bollos sin sal que tanta fama
nos han dado. Debo reconocer que, después de tantos años infructuosos
en ese campo, con los nuevos tiempos del anticolesterol, se han
convertido en la marca inconfundible de nuestra empresa.
ESTRELLA CASARES
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