VIRGO (22/23 de agosto-23/24
de septiembre)
Símbolo: la doncella
Planeta regente: Mercurio
Elemento: tierra
Características: sexto signo
del Zodíaco, mutable, negativo/femenino.
Cualidad fundamental: la pureza
de pensamiento.
Personalidad: hogareño,servicial,
quisquilloso, crítico, perfeccionista, meticuloso, ordenado, pulcro,
sacrificado, serio, moderado, calculador, sedentario, exigente
con la puntualidad, odia la hipocresía, considera el trabajo un
deber sagrado, necesita sentirse útil y tiene un gran espíritu
crítico y analítico.
Personaje literario de este signo:
Johan von Goethe (1749-1835)
Precusor del Romanticismo alemán
y uno de los iniciadores de la literatura alemana contemporánea,
fue además investigador y científico, pero hoy en día sólo se
le recuerda por su producción literaria. Hijo de su tiempo, fue
un pensador racional con gran gusto por el análisis. Metódico
y reflexivo, supo reordenar , no crear, las dispersas características
del personaje popular de Fausto, para elevarlo a la categoría
de mito universal. Nació en Franfurct am Main, pero pasó la mayor
parte de su vida en Weimar, convirtiendo ese ducado en la meca
cultural y artística de la Alemania del dieciocho.
Obras: Werther, Fausto,(I
y II), Torquato Tasso, Ifigenia en Táuride,Las
afinidades selectivas.
LA DUEÑA DE LA TORRE
-¡Adelina!- una voz cavernosa surgió
de la penumbra de la habitación. La escasa luz de un ventanuco
iluminaba unas manos nervudas, algo agarrotadas, revolviendo pergaminos
y algunos instrumentos estrambóticos. Olía a humedad.
-¡Adelina!- la voz del anciano sonaba
impaciente.
Al cabo de unos segundos una muchacha
bajaba con paso apresurado las escaleras interiores de la torre.
Era muy joven, pero mostraba la seguridad de una mujer madura.
-¿Qué ocurre?- se encaró, desenvuelta.
-¿Dónde están mis anteojos? No los
encuentro por ninguna parte. ¿Dónde los has metido?
-Yo no he tocado nada aquí- e, instintivamente,
recogió alguno de los papeles desperdigados por el suelo-como
vos me ordenásteis, yo nunca arreglo esta habitación. Sólo la
barro de vez en cuando.
-Algo habrás hecho, pues no los encuentro.
Adelina colocó los papeles sobre
la pesada mesa de nogal y reconoció un brillo cristalino tras
la lámpara de aceite.
-Aquí están- señaló.
-¡Ah! Efectivamente. Dámelos. Y ahora
vete, vete ya. Y que no se vuelva a repetir.
El anciano acababa de darse cuenta
de su despiste. Él mismo había dejado allí los anteojos, pero
no podía permitir que se entreviese ni el más pequeño de sus pensamientos.
Siempre tenía que mantenerse impertérrito ante su criada. Al fin
y al cabo, había que dejar claro quien gobernaba la casa. Y eso
que Adelina nunca le había dado problemas. Volviendo la vista
atrás, tenía que reconocer que sin su ayuda hubiera sido muy difícil
llevar a cabo tantos proyectos. Después de cinco años trabajando
para él, sin más recompensa que la manutención y el alojamiento,
había conseguido que el lugar se hiciera más agradable, con lo
cual su propia tarea como estudioso resultaba mucho más fácil.
Quizás mereciera algún premio. Alguna chuchería femenina de las
que se vendían en la feria anual. Iría a preguntarle por sus preferencias.
Subió hacia la parte más alta de la torre
del homenaje, único resto, junto a las murallas exteriores, de
aquel devastado castillo.Un manojo de herrumbrosas llaves golpeaba
su cadera derecha. A medida que subía aquellos semiderruidos peldaños,
las pétreas paredes se volvían más acogedoras. Cálidos tapices
atemperaban la intensidad del frío y animaban ligeramente la oscuridad
reinante. Todo ello era trabajo de Adelina.
La encontró concentrada en una de
sus tareas manuales. Sobre su frente se intuía una sombra de preocupación
que no lograba avejentar su rostro dulcemente ovalado. No era
inusual verla con aquella expresión.
Antes de que el viejo sabio hablara,
ella levantó los ojos y se adelantó:
-Señor, tengo que hablaros de algo
importante.
-Yo también, Adelina.
-Pero es algo realmente importante.
Debo decíroslo cuanto antes.
Y respiró profundamente antes de
soltar un casi imperceptible: -Voy a casarme.
-¿Qué dices, criatura?-rió despectivo-¿cómo
puedes decir tamaña barbaridad?¿quién iba a casarse contigo, muchacha?
-El aprendiz del herrero, señor.
Ya lo hemos hablado y he decido que voy a marcharme.
El hombre buscó en su memoria la
cara del muchacho que los visitaba con frecuencia. Solía traer
algunos encargos del herrero para sus inventos, y también hacía
las veces de recadero del mercado, pues a Adelina no le era permitido
salir del recinto. La muchacha era dócil y además nadie iba a
reclamarla, ya que era huérfana. Pero había que mantener las precauciones.
-Y además pretendes marcharte así
, sin más. ¿Crees que yo te voy a dejar?
-Me iré de todas formas, aunque sea
sin vuestro permiso.
-Recuerda, pequeña, que no puedes
salir de la torre. Sólo yo tengo las llaves.
-No tengo problema para eso. Hay
una copia y la tengo yo.
-Eso es imposible. La copia ...
-...la copia estaba escondida en
un cajón interior bajo vuestra cama.
El sabio, indignado, acercó su boca
desdentada al oído de Adelina y gritó, remarcando palabra por
palabra:
-¿Desde cuando sabes eso?
-Desde días después de que me trajeráis
aquí. A la semana siguiente de estar en la torre, cuando fuisteis
a la feria anual- contestó ella con toda tranquilidad.
La mandíbula del anciano se descolgó
lentamente mientras sus ojos se desorbitaban. Minutos después,
todavía permanecía boquiabierto mientras observaba a Adelina alejándose
más allá del gran portón que sellaba las viejas murallas.